Ensayo: A Darha, la Herencia de las sin tierra

Mishelle Linares, Ganadora del Primer lugar en Ensayo Certamen Artístico por una cultura de Igualdad de Género con Enfoque de Juventudes 2021.

Escribo estas líneas como un desahogo necesario es una sociedad plagada con el peor de los virus, me remito a quien, con el ímpetu de la resistencia, con la ternura y el amor entre mujeres, lea sin prejuicio las líneas que con intempestiva irreverencia escribo a continuación: mujer y lesbiana: son los cuerpos desde los que existo, sentipienso y resisto, y es desde estos que paro, ideas, proyectos, creaciones artísticas, y con dolor y mucho ruido también mundo, para mí y para ella.

Nací un 11 de mayo de los últimos años de la Guerra Civil salvadoreña, bajo la luna menguante y bajo el signo de Taurus, en una sociedad sangrante; se negociaba para entonces la paz, miles habían muerto, desaparecidos y desaparecidas, genocidios por doquier y los niños y las niñas eran para entonces, y aún vigente, tan solo números para un Estado Asesino.

Nací antes del tiempo, por una emergencia medica de mamá, le programaron la cesárea y el medico le dio a elegir: “Ante cualquier cosa: su hija o usted”; ella, mujer de casi 40 años decidió sabiamente: “Quien tenga más posibilidades de vida, doctor”; ambas sobrevivimos, pero es a partir de este primer momento que hoy comprendo la importancia de elegir sobre nuestros cuerpos, era mi mamá una mujer adulta, con otra hija de 7 años, a quien criaba sola, mi hermana. Obviamente se negaba a dejarla en la orfandad, comprendo el amor de mi madre: a mi hermana, a sí misma, y es que el amor “empieza por una misma”. Sin embargo, si este hecho hubiera sucedido 8 años más adelante, probablemente hoy ni ella ni yo estaríamos vivas. En 1998 el Estado de El Salvador, a partir de la entrada en vigencia del nuevo Código Penal, criminaliza el aborto en todas sus formas; y es que tampoco puedo dejar de pensar en mi abuela, aquella mujer mestiza de ojos verdes, y de ímpetu aguerrido, que vivió un aborto a partir de una golpiza que mi abuelo en estado de ebriedad le propicio. Aquella, la mujer más valiente que he conocido, aquella que yo conocí y amé y que el Estado jamás defendió.

Pase un tiempo en una incubadora, y a los 3 meses de vida decidieron que lo mejor era vivir en el interior del país, en la casa familiar, al cargo de mi abuela, quien criaba para entonces a mis primas; mi tía se había ido de inmigrante, dejando a su conyugue, borracho, violento agresor. Crecimos juntas, 4 niñas de diferentes edades, mi abuela, mi abuelo y el hermano menor de mi mamá. Fue por mucho una casa que arrastraba las secuelas de la violencia patriarcal; para ese tiempo mi abuela no era ni la sombra de lo que decían había sido, yo la conocí siendo fuerte, autónoma en sus finanzas y decisiones y constantemente la escuchaba repetirle a mi abuelo: “ este no es el tiempo de antes Toño, no creas que yo estoy sola”; con el tiempo y con los hechos fui comprendiendo el significado de estas palabras, cuando mi abuelo se abalanzaba sobre mi para intentar golpearme, la escuchaba a ella repetirle como sentencia aquellas palabras, lo que me llenaba a mi de una especie de poder que rebotaba desde mi estomago infantil y se posaba con autoridad sobre mi mano, que aunque temblorosa pero lo suficientemente firme detenía la mano de aquel que intentaba golpearme.

Tuvieron 7 crías, 5 mujeres y 2 hombres; el “…no estoy sola Toño”, lo fui asociando con los años y las vivencias a esas 5 mujeres, mi abuela sabia que no estaba sola porque habían 5 que estaban con ella, mi abuelo sabía que no podría con todas.

Sin embargo, y quizá desde la culpa que no le correspondía, había aun algo de lo que mi abuela no podía escapar, y eso fue los flagelos de la maternidad. Pario 2 hijos hombres, a uno lo asesinaron en el 96, por su lucha y defensa del medio ambiente; el otro vivió a expensas de mi abuela hasta que ella murió.

Recuerdo con dolor su miedo, a que invitáramos a amigas a casa: “se van a dar cuenta de cómo vivimos”, decía constantemente, mientras le temblaba el labio inferior, refiriéndose a los constantes enfrentamientos que había en casa, mi abuelo y mi tío, mi abuela en medio intentando calmar la situación, mi prima 2 años mayor y yo en algún rincón llorando sin entender bien lo que ocurría, ambos con machete en mano, y a los minutos, a veces horas la policía en casa. Recuerdo yo misma, y siendo niña haber hablado a la policía, más de alguna vez, recuerdo mi labio inflamado aquella navidad del noventitantos, de nervios, de angustia, no recuerdo que nadie ni siquiera lo hubiese notado. Mi abuela creía que era su culpa que mi tío fuera “así”, por no haberlo defendido de las “ penquiadas” que mi abuelo le había dado desde el vientre de mi abuela; nunca logre que comprendiera que nunca fue su culpa, que fue una victima más.

Crecí, y reconstruyendo su historia, logro comprender que mi abuelo, siendo alcohólico abuso de ella infinidad de veces, golpeándola, humillándola, y muy probablemente abusando sexualmente de ella estando borracho.

“Un ejemplo sus abuelos…llegar a viejitos juntos”; me solía decir la gente a mí, que me crie y viví a su lado, yo solo sonreía y callaba; un día no hace mucho, decidí romper el silencio que mi abuela no pudo romper, y cuando una vieja amiga me dijo tan despampanante, engañosa y heteronormada frase, le respondí: “mi abuela aguanto mucho y sufrió mucho”.

Decidí nombrarme lesbiana, y más adelante lesbofeminista; desde la transgresión inspiradora que me producían un grupo de 3 o 4 lesbianas del pueblo donde crecí, en grupo, bailando libres y sordas ante toda critica y prejuicio, despertaron en mi mas que una curiosidad, el reconocimiento de la posibilidad de ser mas allá de lo que socialmente se me había dicho que era permitido para una mujer. Erotizarme con un cuerpo espejo, amar a otras como yo, desde la disidencia y resistencia a lo impuesto, desde la decisión propia y autónoma y desde el saberme creadora de mi propia realidad.

Renuncie entonces y al inicio de mi segunda década a la heterosexualidad impuesta, viviendo con un hombre, renuncie a que la sociedad decidiera por mí, estudiante universitaria para entonces, con un par de libros de cocina que mi entonces suegra me había regalado y con muchos deseos de liberarme y liberar a las mías del yugo que los hombres y la sociedad que insiste en nombrarnos solo a partir de “EL”.

 El, el hombre de la casa, El, el “patrón”, El, el agresor.

Resulto una hazaña no sin drama, no sin lágrimas, las mismas que sanaron la ceguera, mía y de mi abuela.

“La doctora Polo dice que la gente así nace y una que va a hacer mas que respetar”, me dijo mi abuela un día, haciendo referencia a la homosexualidad; aquella mujer hija de una analfabeta, aquella que cursó hasta primaria, aquella que se enfrentó al mundo con 7 crías, 4 nietas y mucho valor. “Yo a vos sea como sea te quiero”, me dijo cuando supo que yo era lesbiana.

Nunca vi que mi abuelo la golpeara, lo conocí en el entendió que “ella no estaba sola”, lo conocí sabedor que aquella que por años amedrento ya no se dejaba.

“Cuando me muera te voy a dejar mis ojos” me decía.

Veo el mundo a través de sus ojos, y a través de los míos mi sobrina, Darha, la conoce a ella, su bisabuela.

Abraza los arboles repitiendo: “la amo mucho mama Conchita”, con 3 años y habitando una sociedad feminicida, una sociedad que perdona y dispensa al agresor, otorgándole cualidades heroicas y criminaliza y estigmatiza a las mujeres, a las sobrevivientes de violencia, a los cuerpos disidentes, en una país que es hoy un cementerio clandestino liderado por un Estado que poco o nada le importan los cuerpos de las mujeres.

Mama Conchita, mi abuela murió de cáncer linfático un par de años después que mi abuelo, conoció a Darha siendo una pequeña de 1 año, ella, una mujer cercana a los 100.

Soy mujer y soy lesbiana; soy nieta, soy hija y soy tía; en mis células yacen mis abuelas y sus historias, en mis tejidos se tejen cual güipil sus resistencias y desde ahí me nombro feminista, lesbofeminista, divergente y anti todo lo que oprime. Nombro hoy a mis ancestras en claro símbolo de purificación para sus_ nuestras nuevas generaciones.

La historia de las mujeres alberga en su seno la valentía de nuestros pueblos, la verdadera riqueza de nuestras naciones, y la esperanza de libertad para las que vienen; hay un camino fraguado y en él los símbolos de quienes se atrevieron a desafiar lo establecido, a quienes, y con amor, les niego el olvido.

 

 

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